Los test psicodiagnósticos son herramientas muy útiles, pero nunca son infalibles ni deberían ser la única base de un diagnóstico como por ejemplo TEA o Altas Capacidades; su resultado siempre debe integrarse con la observación, la historia evolutiva y los informes de familia y escuela.
Qué hacen (y qué no hacen) los test
Los test estandarizados miden patrones de desarrollo, habilidades cognitivas, emocionales y conductuales comparados con un grupo amplio de niños de la misma edad.
En TEA hay pruebas muy estructuradas (como protocolos tipo ADOS-2) que observan los hábitos y destrezas de comunicación, los estilos de interacción social y las conductas repetitivas, que ofrecen resultados con alta fiabilidad cuando los aplica personal especializado o con conocimientos científicos bien fundados en psicometría.
En Altas Capacidades, por su parte, se suelen usar baterías de inteligencia y rendimiento, pero un solo CI global puede no reflejar el verdadero potencial del niño si hay grandes diferencias entre áreas; por ejemplo, comprensión verbal muy alta y velocidad de procesamiento baja).
Un ejemplo sencillo: un niño puede “salir normal” en un test general, pero mostrar una curiosidad excepcional, un pensamiento muy complejo para su edad y un aprendizaje rapidísimo. Si solo miramos la puntuación, pasaríamos por alto una posible Alta Capacidad.
Límites y riesgos: falsos negativos y diagnósticos incompletos
Existen resultados que definimos como «falsos negativos»: niños con Altas Capacidades que no son detectados en las pruebas, especialmente en edades tempranas o cuando conviven con TEA, TDAH u otras dificultades (doble excepcionalidad).
En niños pequeños el desarrollo es muy variable; el cansancio, la ansiedad o un mal día pueden bajar el rendimiento y “ensuciar” el resultado de la prueba.
En TEA, si la prueba no está adaptada ─por ejemplo con demasiada carga verbal por parte del psicometrista o en contextos sensorialmente incómodos para el paciente─ el niño puede parecer tener menos recursos de los que realmente posee.
También hay riesgo de confundir TEA y Altas Capacidades, o de que una condición oculte a la otra, lo que se conoce como doble excepcionalidad.
En la práctica esto significa que un informe “negativo” no garantiza al 100% que no existan necesidades especiales; indica que, en esas condiciones y con esas herramientas, no se observaron indicios suficientes.
Cabe considerar, además, la experiencia y conocimientos del profesional que realiza el test porque de su desempeño durante la toma, la interpretación y la elaboración del informe influyen en la precisión del diagnóstico.
Qué da “confianza” en una evaluación
Más que “creer o no creer” en un test concreto, conviene fijarse en la calidad global del proceso de evaluación:
- Uso de múltiples fuentes de información: pruebas cognitivas y de desarrollo, observación directa, cuestionarios a familia y escuela, análisis de la trayectoria escolar.
- Herramientas adecuadas a la edad, al idioma y al contexto cultural del niño.
- Pruebas adaptadas en caso de TEA (más apoyos visuales, menos carga verbal, ambiente sensorialmente cuidadoso).
- Profesionales con experiencia específica en TEA, Altas Capacidades y doble excepcionalidad, que sepan interpretar perfiles heterogéneos y no se limiten a una cifra de CI.
- Entorno de evaluación cómodo, con posibilidad de pausas y tiempos ajustados según necesidades.
Cuando estos elementos están presentes, la fiabilidad de las conclusiones aumenta mucho, aunque considerando que nunca habrá del 100% de certeza.
Claves prácticas para padres y educadores
Al acompañar a un niño en un proceso de evaluación, puede ayudar:
- Entender que un test no pone una etiqueta o rótulo a la persona; orienta sobre cómo apoyarla mejor.
- Preguntar siempre: qué se ha evaluado, qué herramientas se han usado, qué límites tienen y qué otras fuentes de información se han considerado.
- Compartir con el profesional ejemplos concretos de comportamientos en casa y en la escuela (fortalezas y dificultades) que quizá no aparecieron en la prueba.
- Si el resultado no encaja con lo que observan día a día, plantear la posibilidad de: i) Repetir la evaluación más adelante, ii) pedir una segunda opinión, o iii) completar con otras pruebas más específicas.
- Recordar que un diagnóstico es un punto de partida para ajustar apoyos, no una sentencia sobre el futuro del niño.
Mensaje clave para la comunidad de familias y educadores cercanos a “Florecer”
En nuestro «Centro Integral de Terapias Infantiles y Adolescentes Florecer”, los test son una parte importante del proceso terapéutico, pero no sustituyen la mirada continuada de padres y docentes sobre el niño en su vida cotidiana. La mayor seguridad en el diagnóstico surge cuando se articulan:
- pruebas bien elegidas y aplicadas,
- profesorado y familia que aportan observaciones ricas, y
- un equipo profesional que integra todos esos datos para diseñar un plan de apoyo ajustado y flexible.
De ese modo, el foco se desplaza de “¿es completamente fiable el test?” a “¿qué necesitamos saber y hacer para que este niño reciba la ayuda que merece en su desarrollo y aprendizaje?”.



